Decide conscientemente


Seguramente no os hayáis parado a pensarlo, pero nos pasamos la vida tomando decisiones. Incluso cuando no tomamos decisiones o dejamos que otros las tomen por nosotros, estamos decidiendo involuntaria e inconscientemente. No podemos escapar a ese proceso, pero si podemos elegir qué, cómo y cuando decidimos.


Pasamos la mayor parte de nuestra vida funcionando en modo piloto automático; nos levantamos, nos duchamos, desayunamos, vamos al trabajo, donde hacemos lo de siempre, volvemos a casa, cenamos, vemos la TV, leemos o lo que toque, y vuelta a empezar. Pasamos la semana esperando el fin de semana, los meses esperando algún puente y el año esperando las vacaciones de verano. Casi el 99% del tiempo de nuestra vida estará dirigido por nuestra mente subconsciente, que funciona por hábitos y repetición automática. Y es curioso, porque la mayoría pensamos que conscientemente controlamos nuestra vida, cuando, poco más 1% del tiempo es nuestro consciente el que está al mando.


Es la mente consciente la que pone metas, le gusta probar cosas, tiene deseos, aspiraciones y sueños. En la mente subconsciente, con una capacidad de proceso un millón de veces mayor, guardamos toda la información que hemos ido recogiendo durante nuestra vida. En ella, además de nuestros conocimientos, tenemos grabadas nuestras limitaciones, nuestras inseguridades, nuestros miedos y nuestras creencias. Un niño, a la edad de cinco años, habrá escuchado una media de 10.000 veces la palabra “NO”, y eso se queda grabado en el subconsciente.


Y esa información está siempre presente. Porque, aunque decía que estamos continuamente tomando decisiones, la mayor parte del tiempo lo hacemos desde el subconsciente, que va un paso por delante de nosotros, de nuestro consciente. Por ello nos limitamos y nos resignamos al igual que el elefante de Jorge Bucay, en su libro “Recuerdos para Demian”, se resigna a su cautiverio, atado de una pata a una estaca de madera por una pequeña cadena ¡un animal que podría derribar arboles! Y no lo intenta. No lo intenta porque de algún modo aprendió cuando era pequeño que no es capaz, que es imposible y que, si lo intenta, le va a producir tal nivel de frustración, que es mejor no hacerlo, sin tomar consciencia de su tamaño y su fuerza actual.


Y como el elefante, ahí estamos nosotros la mayoría de las veces, atados a cientos de estacas que nos resignan porque la vida es así, porque es lo que se espera de mí, porque no es posible o es difícil, porque no soy capaz, porque ya lo intente y falle o incluso porque no lo merezco o no tengo otra opción. Y sin darnos cuenta, empezamos a vivir más y más en modo piloto automático, repitiendo una y otra vez la misma rutina, sin atrevernos a cambiar. O, lo que es peor, sin ni siquiera planteárnoslo. Entonces es cuando le echamos la culpa a nuestras capacidades (“es que yo no valgo para esto” “no se me da bien”), al entorno (“es que en mi empresa no funcionan las cosas así” “da igual lo que haga, no lo van a valorar”… etc), o incluso al universo (“todo me pasa a mi”) para excusarnos por no hacer nada al respecto, por no darnos cuenta de nuestros verdaderos recursos y actuar.


Desafortunadamente, muchas veces los seres humanos antes de reaccionar nos tenemos que ver en un pozo. Si buscamos el significado en Internet, define la toma de decisiones como un proceso en el que se elige una opción de entre las disponibles para resolver un problema. Pero ¿hay que llegar siempre a esos límites para actuar? ¿Hay que esperar a tener un problema para elegir una opción? Decía Víctor Frankl (autor del libro “el sentido de la vida”) que cualquier ser humano puede, bajo cualquier circunstancia, decidir lo que será de él, mental y espiritualmente. Y eso incluye levantar las barreras que nos hemos creado nosotros mismos, olvidar las excusas y empezar a actuar, creyendo que es posible, que somos capaces y que lo merecemos, tomando conciencia de la realidad, sin excusas, con responsabilidad, y por supuesto, sin necesidad de esperar a que los demás decidan por nosotros o las circunstancias nos obliguen a ello.


El presente es aquí y ahora y aunque no podamos predecir nuestro futuro, si podemos decidir de quien va a depender ¿Qué te lo impide? Decide quien quieres ser, como quieres que sea tu vida, y que vas a hacer ¡Actúa!

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